Iglesia Nacional Presbiteriana El Divino Redentor
A fin de que los siervos de Dios estemos enteramente preparados para toda buena obra.
Semana 36. “Jesús, El único y gran Salvador”
Lecturas: Mateo 27:38-44; Marcos 15:27-32; Lucas 23:33-43; Juan 19:18.
 
Para memorizar:
“Nosotros,  a la verdad,  justamente padecemos,  porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos;  mas éste ningún mal hizo”.
(Lucas 23:41)
 
La historia de la salvación del ladrón agonizante es un ejemplo notable del poder de salvación de Cristo, y de su abundante disposición para recibir a todos los movidos por el Espíritu Santo que vienen a Él, en cualquier condición en que puedan estar. No se puede considerar este acto de gracia como un ejemplo solitario, como tampoco la salvación de Zaqueo, la restauración de Pedro, o el llamado de Saulo, el perseguidor. En cierto sentido, toda conversión es única: no hay dos iguales, y, sin embargo, cualquier conversión es un tipo de otras. El caso del ladrón moribundo es mucho más semejante a nuestra conversión, que diferente; de hecho, su caso se puede considerar más como típico que como un hecho extraordinario. Recordemos que en el momento que Jesús salvó a este malhechor estaba desnudo de su túnica, y clavado en la cruz, la atrevida multitud se burlaba de nuestro Señor, que agonizante, se moría; entonces Él "fue contado entre los transgresores," y fue hecho como la escoria de todas las cosas. Sin embargo, aun en esa condición, llevó a cabo ese maravilloso acto de gracia. Si un Jesús agonizante salvó al ladrón, que no podrá hacer ahora que vive y reina y que todo poder en el cielo y en la tierra le fue entregado.
 
I. El último compañero de Jesús sobre la tierra (Lucas 23:42). 
Qué extraña compañía seleccionó nuestro Señor cuando estuvo aquí en la tierra. No se juntó con los religiosos fariseos ni con los filosóficos Saduceos, sino que era conocido como el "amigo de publicanos y de pecadores." Esto nos da la seguridad de que Él no rehusará asociarse con cualquiera de nosotros. Este hombre, que fue el último compañero de Cristo sobre la tierra, era un pecador en la miseria. Sus pecados lo habían acorralado y ahora tenía la recompensa por sus obras. El último compañero de Jesús en la tierra fue en un criminal convicto, a quien le habló de la manera más amorosa dándole la más grande de las promesas la vida eterna en el paraíso; “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43). Este hombre a quien Jesús salvó era un hombre que ya no podía hacer buenas obras. Si la salvación fuera por las buenas obras, no hubiera podido ser salvo; puesto que estaba atado de pies y manos; todo había terminado para él en cuanto a cualquier acto u obra de justicia, si su salvación hubiera dependido de una vida activa de servicio, ciertamente que nunca hubiera podido ser salvo. Como pecador que era, no podía exhibir un arrepentimiento duradero del pecado, pues tenía muy corto tiempo para vivir. No podía haber experimentado una amarga convicción de sus actos, que hubiera durado meses y años, pues su tiempo estaba medido en instantes, y estaba al borde de la tumba. Su fin estaba muy cerca, y, sin embargo, el Salvador lo quiso salvar, y lo salvó tan perfectamente que antes de ponerse el sol, estaba en el paraíso. ¿Qué nos enseña esto acerca de en qué está basada o de que depende nuestra salvación?
 
II. Con Jesús a las puertas del Paraíso (Lucas 23:43).
¿Han oído ustedes de aquel que soñó que estaba frente de las puertas del cielo y mientras estaba ahí, oyó una música dulce de un grupo de venerables personas que seguían su camino hacia la gloria? Entraron por las puertas celestiales, y hubo gran regocijo y exclamaciones. Al preguntar "¿Quiénes son éstos?" Se le dijo que ellos eran los profetas. Suspiró, y dijo, "¡Ay! No soy uno de ellos." Esperó un poco, y otra banda de seres brillantes se acercó, y entraron al cielo con aleluyas, y cuando preguntó, "¿Quiénes son éstos, y de dónde vienen?" La respuesta fue, "Este es el glorioso grupo de los apóstoles." Otra vez suspiró y dijo, "No puedo entrar con ellos." Entonces vino otro grupo de hombres con túnicas blancas y llevando palmas en sus manos, esos hombres marcharon en medio de grandes aclamaciones dentro de la ciudad dorada. Supo entonces que era el noble ejército de los mártires del evangelio; y otra vez lloró, y dijo, "No puedo entrar con éstos." Al final oyó las voces de mucha gente, y vio a una multitud más grande que avanzaba, entre quienes percibió a Rahab y María Magdalena, David, Pedro y Saulo de Tarso, y observó especialmente al ladrón, el que murió a la diestra de Jesús. Y se fueron acercando a las puertas celestiales. Entonces ansiosamente preguntó, "¿Quiénes son éstos?" Y le respondieron, "Ésta es la hueste de pecadores salvos por la gracia." Entonces se puso extremadamente contento, y dijo, "Yo puedo entrar con éstos." Aunque pensó que no habría aclamaciones cuando esta multitud llegara ante las puertas y que entrarían al cielo sin cánticos; sin embargo, pareció que se levantaba una alabanza siete veces repetida con aleluyas para el Señor del amor; “porque Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente,  que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento” (Lucas 15:7). ¿Qué hará posible que tú llegues a la puerta del mismo paraíso que este malhechor? ¿Cuánto gozo y celebración habrá en los cielos por esto?
 
III. Esta última enseñanza debe ser entendida (Lucas 43:41-43)
No me asombraría si el enemigo se acerca a algunos de ustedes en este estudio, y les dice al oído, "Vean esto: pueden ser salvos en el último momento. Pospongan el arrepentimiento y la fe; pueden ser perdonados en su lecho de muerte." Pero ustedes saben que él quiere arruinarnos con este falso entendimiento. CUIDADO… no seamos ingratos, porque Dios es bondadoso. No provoquemos al Señor porque es paciente. Una conducta así sería indigna. No corramos el riesgo simplemente porque uno escapó al peligro tremendo. Es verdad que un ladrón fue salvo pero el otro se perdió. Uno es salvo, y por lo tanto no podemos desesperar; el otro está perdido, y por lo tanto no podemos presumir. Confío que ustedes no están para sacar de la misericordia de Dios un argumento para continuar en el pecado. Si ustedes lo hacen, sólo les puedo decir que la perdición será la justa retribución. Consideremos ahora la enseñanza de nuestro Señor; veamos la gloria de Cristo en la salvación. Está listo para salvar en el último momento. Ya estaba muriendo; pero ahí mismo en la puerta declara que este pecador, como los que el busca, entrará con Él. ¿Qué enseñanza nos deja esto sobre el amor y los tiempos de Dios para la Salvación?
 
Para terminar: Oremos. Agradeciendo a nuestro Salvador por su sacrificio, amor y por nuestra salvación para vida. Agradezcamos al Padre por sus tiempos que son perfectos y al Espíritu Santo por la obra de regeneración que hizo en nosotros, para acercarnos a Jesús, cuando estábamos ya muertos a causa de nuestro pecado.