Iglesia Nacional Presbiteriana El Divino Redentor
A fin de que los siervos de Dios estemos enteramente preparados para toda buena obra.
Semana 32. “Jesús, y el Reino al que pertenecemos”
Lecturas: Mateo 27:2-20; Marcos 15:1-5; Lucas 23:1-24; Juan 18:28-38
 
Para memorizar:

“Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo;  si mi reino fuera de este mundo,  mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos;  pero mi reino no es de aquí”.
(Juan 18:36)
 
Cuando comienza el proceso que llevaría a Jesús a su Pasión y Muerte, Jesús, es interrogado por Pilatos, “¿Eres tú el Rey de los judíos?”, y aun cuando no lo niega, precisa: “Mi reino no es de este mundo… mi reino no es de aquí” (Juan 18:33, 36). Y, efectivamente, Jesús no se declaró un rey de este mundo. Los reinos de este mundo son temporales por más largos que sean. Los reinos de este mundo son limitados, porque por más que ocupen grandes territorios tienen como límite sus fronteras o las fronteras hasta donde llegue su influencia y su poder. Por más poderosos que se crean los reyes de la tierra, su poder es limitado en el tiempo y en el espacio. Cristo no vino a establecer un reino o un reinado así. Su reino es diferente a los reinados de la tierra. Su reino es como es Dios: Eterno e Infinito; sin límite de tiempo ni de espacio. Su reinado nunca se acabará y su reino nunca será destruido; tal como fue profetizado por Daniel y anunciado por el ángel Gabriel (Daniel 7:14, Lucas 1:32-33). Pero este reino que será establecido definitivamente y para siempre en su segunda venida en gloria, ya comenzó. Lo había dicho antes a sus seguidores: “Mi Reino está en medio de vosotros” (Lucas 17:21). Y es así, pues el Reino de Cristo va permeando paulatinamente en medio de aquéllos y dentro de aquéllos que reciben las Buenas Noticias del Evangelio de gracia, es decir, su mensaje de salvación para todo el que en Él cree.
 
I. Jesús es Rey: ¿Dices tú esto por ti mismo,  o te lo han dicho otros de Él? (Juan 18:34).
La acusación de la muchedumbre, guiada por los integrantes del sanedrín incluía el que el mismo había declarado que era un rey (Lucas 23:1-2). Esta era una fuerte acusación en contra de Jesús, por la cual Pilato tenía la autoridad, de encontrarle culpable de sedición ante el imperio, de mandarlo a ejecutar. Sin embargo ante la pregunta directa de Pilato de si él es un rey Jesús responde con una doble pregunta, en la cual nos es necesario meditar: “¿Dices tú esto por ti mismo,  o te lo han dicho otros de mí?”. Aunque para Pilato esta doble pregunta significaba el hecho de procesar la acusación desde una perspectiva política Romana o solo considerarla como un desacuerdo religioso de un pueblo en servidumbre. Para nosotros el día de hoy, nos confronta con la seguridad y testimonio de declarar que Jesús es el Rey de nuestras vidas. Que Jesús es Rey no está en duda, él es Rey de reyes y Señor de señores, pero esta declaración emanada de nuestra boca puede revelarnos, dependiendo de la respuesta personal a esta doble pregunta, si hay o no en nosotros una fe personal y salvadora. ¿Declaro que Jesús es mi Rey, porqué lo sé, lo creo y lo vivo desde mi interior de manera personal? ¿O lo declaro porque lo he aprendido, por escucharlo de la boca de otros?
 
II. “Tu nación,  y los principales sacerdotes,  te han entregado” (Juan 18:35).
Aquellos que eran suyos, a quienes vino, fueron los mismos que no le recibieron (Juan 1:11), por el contrario, le entregaron a Pilato para que este le diera muerte. La nación Judía había esperado por más de 900 años el cumplimiento de las diversas profecías mesiánicas que les anunciaban la llegada del Cristo, el mesías, el ungido de Dios. Pero les fue imposible creer que Jesús lo fuera; el hijo del carpintero de Nazaret no llenaba sus expectativas. Y qué decir de los sacerdotes, los grandes estudiosos y eruditos que debían enseñar y ser ejemplo de sus pueblo, ni a un ellos pudieron tener la fe necesaria para creer en Jesús; por eso lo entregaron a muerte. Sin embargo, la Palabra nos expresa que esta actitud abrió la puerta de esperanza para nosotros lo gentiles, los que por esa fe que nos ha sido dada, como regalo de Dios, somos “los que le recibieron… los que creen en su nombre… a quienes se  les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). Ahora nosotros, su nueva Nación y Sacerdotes somos llamados también a entregarle, anunciando, por fe, como nos ha sacado de las tinieblas y nos ha llevado, por gracia, a su luz admirable (1Pedro 2:9). ¿Cómo estamos, nosotros su Nación y Sacerdotes, entregando a Jesús hoy, en palabras para vida o para muerte? ¿Estamos cumpliendo el llamado que nos hizo como “Nación Santa y real Sacerdocio”?
 
III. “Si mi reino fuera de este mundo,  mis servidores pelearían” (Juan 8:36)
El texto nos muestra que los siervos del reino de Jesús están llamados a la lucha, a presentar pelea por y en el nombre de su Re y Señor. Los judíos, que lo entregaron y gritaban insistentemente Crucifícale, no lo harían, ellos eran de este mundo y no eran sus servidores. Pero para los cristianos, los pertenecientes al Reino de Jesús, un Reino Eterno e Infinito; sin límite de tiempo ni de espacio el llamado es a presentarnos a la lucha. Esta es cotidiana, es espiritual, hay que pelearse legítimamente, es una buena batalla y es una lucha en la cual ya hemos sido hechos “más que vencedores”. Sin embargo hay que pelearla hasta acabar nuestra carrera en este mundo y alcanzar la plenitud de nuestra ciudadanía en el reino de nuestro Señor. ¿De qué formas peleamos diariamente esta batalla como siervos de Jesús? ¿Qué sucede cuando perdemos algunas de estas batallas, a causa de nuestras debilidades y carnalidad? ¿En dónde radica la seguridad de nuestra victoria final?

Para terminar: Oremos. Alabado a aquél que nos ha dado la victoria, Jesús. Honrando al padre, por haber entregado por amor a su propioHhijo por nosotros y agradeciendo a su Santo Espíritu por construir en nosotros la fe necesaria para creer y con ello, haber sido hechos ciudadanos de un Reino eterno, el Reino de Dios.