Iglesia Nacional Presbiteriana El Divino Redentor
A fin de que los siervos de Dios estemos enteramente preparados para toda buena obra.
Semana 31. “Jesús, aquél de quién habla nuestro testimonio”
Lecturas: Mateo 26:59-66; Marcos 15:1; Lucas 22:66-71
 
Para memorizar: 
“Dijeron todos:  ¿Luego eres tú el Hijo de Dios?  
Y él les dijo:  Vosotros decís que lo soy”. 
(Lucas 22:70)
 
Jesús se encuentra ahora ante el Sanedrín. En el momento de los ultrajes y las afrentas, Pedro, negándolo, no ha sido capaz de responder por el amigo Jesús; el Maestro se halla solo, abandonado por sus discípulos, expuesto al escarnio y los malos tratos. Además la pregunta de las autoridades religiosas sobre los atributos divinos de Jesús no tiene quién refrende con su testimonio la verdad de la respuesta positiva. En circunstancias más fáciles, durante el camino a Jerusalén, Pedro había confesado por todos que Jesús era el Mesías, el Cristo, el Hijo del Dios viviente; pero ahora ante en sumo consejo religioso todos callan, no hay quien se arriesgue a correr la misma suerte del Maestro. Jesús está humanamente solo y, por lo tanto, es su palabra contra la del Sumo Consejo; por no tener quién declare en su favor, las mismas palabras de Jesús son utilizadas en su contra, convirtiéndolas en ocasión para condenarlo. Este relato de este injusto juicio a la persona de Jesús, por quienes deberían ser los pregoneros de la Justicia, debe invitarnos a reflexiona a cada uno de sus discípulos del hoy ¿ Que es lo que declara y defiende de la identidad de nuestro Señor, tanto nuestra boca, como nuestro testimonio?
 
I. Cuando quién debiera ser verás habla mentira (Mateo 26:59).
El Sanedrín  era el tribunal supremo de los judíos, que tenía jurisdicción especialmente en cuestiones religiosas. Lo formaban setenta miembros, entre los que figuraban: “Escribas, Rabinos, Fariseos, Sacerdotes, Saduceos y Ancianos, siendo su presidente el Gran Sumo Sacerdote”. Este conjunto de hombres acumulaban entre ellos todo el conocimiento de las verdades reveladas por el Antiguo testamento, como parte de lo que habían aprendido y memorizado de forma literal desde su niñez. Eran quienes le daban interpretación y sentido a el conocimiento de la ley y los profetas, de manera que la enseñanza de los mismos llegara a ser accesible a todo el pueblo; en otras palabras estos hombres fungían como los maestros de las verdades de la Palabra al pueblo. Sin embargo el pasaje nos muestra un Sanedrín que no busca la verdad, sino que trata de fabricar su propia mentira a fin de cumplir lo que ya se habían propuesto, condenar a Jesús a la muerte. Es verdad que nuestro Señor tenía que morir, pero esto no exime a estos hombres de su responsabilidad de buscar y fabricar mentira; perdiendo totalmente de vista toda la revelación de la Palabra que estaba guardada en su mente, pero no se manifestaba en su corazón y en su boca. ¿Qué sucede cuando quien debería estar hablando verdades que impacten la vida de otros, pierde el rumbo y expresa mentiras con su boca y testimonio? ¿Habrá momentos en nuestra vida en que nuestro testimonio levanta mentira y falsedad acerca de la persona de Jesús y su obra redentora en nuestras vidas?
 
 
 
 
II. Jesús revela dos  verdades que debemos testificar (Mateo 26:64).
El estará sentado a la Diestra del Padre y retornara desde las nubes del cielo. La primera de estas afirmaciones, coloca a Jesús en la presencia misma del Padre, sentado a su derecha, símbolo de autoridad y gloria compartida y además nos dirigen al quehacer de nuestro Señor, a favor de sus redimidos, desde su ascensión hasta la segunda venida: “¿Quién es el que condenará?  Cristo es el que murió;  más aun,  el que también resucitó,  el que además está a la diestra de Dios,  el que también intercede por nosotros” (Romanos 8:34)La segunda afirmación nos coloca en el fin del tiempo del mundo como le conocemos, en el momento mismo de la Segunda Venida de Cristo, enmarcada en el mismo fin del mundo y la plenitud de la redención de la reacción y los escogidos del Padre: “He aquí que viene con las nubes,  y todo ojo le verá,  y los que le traspasaron;  y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él.  Sí,  amén. Yo soy el Alfa y la Omega,  principio y fin,  dice el Señor,  el que es y que era y que ha de venir,  el Todopoderoso” (Apocalipsis 1:7-8). Estas dos grandes verdades nos afirman la obra Redentora de Cristo, consumada en la cruz, aplicada sobre sus redimidos, en quienes no hay condenación, pues Él es nuestro abogado, y que se consuma al final de los tiempos cuando el Señor retornando en gloria viene por su Iglesia para morar con ella por la eternidad. Dos grandes verdades que debemos estar testificando, no solo con nuestras bocas, sino con el estilo de vida del creyente que esta a la expectativa del regreso glorioso de su Señor. ¿De que manera podemos hacer dar un testimonio efectivo de estas verdades enmarcadas en el Evangelio de la Gracia? ¿Cómo nuestro estilo de vida como creyentes testifican estas preciosas verdades?
 
III. Lo que nosotros estamos declarando que es Jesús (Lucas 22:70). 
El texto nos muestra una reacción global de todos los que han escuchado las verdades de la boca de Jesús. Sin embargo, no podemos discernir el sentir del corazón de cada uno de esos 70 varones, que formaban el Sanedrín, al expresar estas significativas palabras: “¿Luego eres tú el Hijo de Dios?”. De la misma manera la boca de los muchos que hemos escuchado las verdades del Evangelio de Cristo podemos expresar palabras que señalen desde interés, duda, aceptación, Fe y entrega plena; pero solo Dios conoce las verdaderas intenciones el corazón del hombre y, claro, cada hombre la intención de su propio corazón. Nuestras bocas pueden declarar muchas cosas acerca de Jesús: Confianza, señorío, reconocimiento, entrega, esperanza y aun fe, pero el verdadero sonido de nuestra declaración sobre Jesús lo ejerce nuestro diario vivir en Cristo. ¿Cuáles crees que sean las mas fuertes diferencias entre lo que declaran nuestras bocas y lo que declaran nuestro diario vivir, acerca e Jesús y nuestra relación con Él? ¿Qué nos revelan estas diferencias?


Para terminar: Oremos. Agradeciendo a nuestro Dios por el honor que pone en nosotros de ser instrumentos del testimonio de su gracia el Cristo Jesús, pero humillados y arrepentidos por las diferencias que hay entre las declaraciones de nuestra boca y las de los hechos de nuestra vida, pidiendo su perdón y la dirección de su Espíritu para ir en su poder eliminando estas diferencias.