Iglesia Nacional Presbiteriana El Divino Redentor
A fin de que los siervos de Dios estemos enteramente preparados para toda buena obra.
Semana 30. “Jesús, la mirada que me instruye sobre mi pecado”
Lecturas: Mateo 26:58-75; Marcos 14:54-72; Lucas 22:54-62; Juan 18:25-27
 
Para memorizar:
“Entonces,  vuelto el Señor,  miró a Pedro;  y Pedro se acordó de la palabra del Señor,  que le había dicho: Antes que el gallo cante,  me negarás tres veces”.
(Lucas 22:61)
 
Los versículos que hemos leído describen lo que se conoce como “la caída de Pedro”. Pasaje que ofende profundamente el corazón de todo aquel que se considere discípulo de Jesús; pero que al mismo tiempo es para el verdadero discípulo sumamente instructivo. La caída de Pedro ha servido, quizá sin darnos cuenta directa,  de  escarmiento á muchos cristianos, y tal vez ha evitado la caída de más de un discípulo, posterior a la época apostólica. Por otra parte, este pasaje suministra una  prueba bastante convincente de que la Biblia ha sido verdaderamente inspirada, y de que el Cristianismo y la Iglesia han emanado de Dios. Si la  religión cristiana hubiera sido una mera invención de hombres sus primeros historiadores y relatores no nos hubieran  referido que uno de los apóstoles de mayor trascendencia había negado tres veces á su Maestro. Pero principalmente la historia de la caída de Pedro nos enseña que el descenso por el camino de tentación termina en el pecado, y que este descenso es, en ocasiones, tan  gradual que el discípulo cae en el error y el pecado casi sin darse cuenta. Es por ello que debemos siempre estar alertas a las principales tentaciones que rodean a un discípulo.
 
I. El discípulo no debe caminar lejos de su maestro.
Pedro de ninguna manera es victima de las circunstancias adversas que rodean a su Maestro y a su propia vida; cada una de ellas le habían sido anticipadas por su Señor y no le eran una sorpresa. Además de que Pedro conocía que el Señor sería entregado, él fue uno de los discípulos privilegiado con ser testigo De la Gloria de Jesús en el Monte de la Transfiguración y conocía de manera personal y directa las consecuencias de la falta de fe que le llevaron a hundirse en las aguas del mar de Galilea. A Pedro no le eran ajenas las Palabras de su Maestro que le indicó “Yo soy la vid,  vosotros los pámpanos;  el que permanece en mí,  y yo en él,  éste lleva mucho fruto;  porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5). Sin embargo Pedro experimento como discípulo la tentación de que ante los temores, las dudas y las circunstancias adversas, sea tambaleada nuestra fe y nos alejemos de nuestro Señor y Maestro. ¿Bajo que circunstancias nosotros mismos nos hemos alejado alguna vez del Señor? ¿Cuál ha sido nuestra experiencia de tratar de enfrentar nuestros temores de forma personal, sin estar totalmente tomados de la mano de nuestro Maestro?


II. El discípulo no debe sentarse en medio de escarnecedores.
El salmo numero 1 es quizá uno de los salmos mas conocidos de la Palabra, y definitivamente no sería Pedro, nacido y educado en la fe judía, la excepción, que desconociera sus primeras palabras: “Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, Ni estuvo en camino de pecadores, Ni en silla de escarnecedores se ha sentado” (Salmos 1:1). Sin embargo cuando seguimos el relato del caminar lejano de Pedro de su maestro encontramos lo siguiente: “Y Pedro le siguió de lejos hasta dentro del patio del sumo sacerdote;  y estaba sentado con los alguaciles,  calentándose al fuego. (Marcos 14:54)… “Y algunos comenzaron a escupirle,  y a cubrirle el rostro y a darle de puñetazos,  y a decirle: Profetiza.  Y los alguaciles le daban de bofetadas (Marcos 14:65). Pero Pedro, bajo tentación, anduvo, estuvo y se sentó con aquellos que escarnecían a su Señor, bajo esta enseñanza debemos preguntarnos personal y seriamente ¿Dónde has andado, con quién has estado y con quien te has sentado, cuya influencia social o cultural te han llevado a negar la presencia del Señor en tu vida; y por tanto a dejar a un lado tu Bienaventuranza? ¿En que círculos de nuestra vida somos mas propensos a encontrarnos ante esta tentación?
 
III. El discípulo no debe olvidar las palabras de su Maestro.
Caer en la tentación y, por lo tanto, en el pecado es una consecuencia directa de hacer a un lado las Palabras de nuestro Señor, aun cuando el Espíritu Santo esta ahí continuamente para recordarnos todas y cada una de ellas. Jesús le advirtió a Pedro: “…De cierto te digo que esta noche,  antes que el gallo cante,  me negarás tres veces”. (Mateo 26:32), a lo cual encontramos que Pedro respondió: “Aunque me sea necesario morir contigo,  no te negaré”. (Mateo 26:33). No habían pasado aun ni 8 horas de este dialogo, cuando Pedro ante las preguntas de una criada y dos varones que estaban también en el patio de la casa del Sumo sacerdote, esa noche, Pedro negara categóricamente en las tres ocasiones conocer o ser seguidor de Jesús. La palabra de Jesús sobre Pedro no fue un decreto ineludible, sino una advertencia de lo que pasaría en su vida… Y muchas advertencias nos ha dado el señor en su Palabra a nosotros, y las olvidamos, y nos tropezamos y caemos, porque no hemos prestado atención y las hemos olvidado. ¿Podemos recordar alguna ocasión en que caímos ante la tentación y que posteriormente recordamos Palabra de las Escrituras que nos hubiesen dado fortaleza para mantenernos firmes? ¿Qué podemos hacer para que la Palabra sea verdaderamente, en nuestra vida como discípulos “la espada del Espíritu” con la cual podamos presentar defensa ante la tentación?
La mirada de su Señor, después de su caída, han movido a Pedro a arrepentirse de sus errores, y lo vemos llorar amargamente, pero a través de esas lagrimas el Señor le esta preparando y forjando para el Ministerio. El arrepentimiento forja en el discípulo carácter, madurez, fortaleza, pero sobre todo obediencia a su Maestro, no lo olvides.

Para terminar: Oremos. Agradecidos a nuestro Señor por llamarnos a ser sus discípulos, pero rogando a él que en todo momento de nuestro caminar sea mantenida nuestra vida unida a la de nuestro Señor, en obediencia y sensibilidad a su Palabra y al obrar del Espíritu santo en cada uno de nosotros.