Iglesia Nacional Presbiteriana El Divino Redentor
A fin de que los siervos de Dios estemos enteramente preparados para toda buena obra.
Semana 28. “Jesús, Mi Mesa, Pan y Copa de Vida”
Lecturas: Mateo 26:21-30; Marcos 14:18-26; Lucas 22:13-23; 1 Co.11:23-29.
 
Para memorizar:
“Y tomó el pan y dio gracias,  y lo partió y les dio,  diciendo: Esto es mi cuerpo,  que por vosotros es dado;  haced esto en memoria de mí”.
(Lucas 22:19)
 
La cena-pascual según el rito de los judíos, que a juzgar por el relato, celebró también Jesús, se celebraba siguiendo un orden riguroso. El padre de familia inauguraba la ceremonia con una acción de gracias por la fiesta. A continuación tomaba una copa con vino nuevo y pronunciaba sobre ella la bendición: «Bendito seas, Dios nuestro, rey del mundo, que creaste el fruto de la vid.» Entonces se bebía el vino de esta primera copa. Los presentes se lavaban la mano derecha y consumían el primer plato: Una entrada de hierbas amargas empapada en una salsa muy fuerte y que era masticada mientras se meditaba. Se servía una segunda copa y se ponía delante, aunque no se bebía inmediatamente. El hijo mayor preguntaba al padre de familia por qué aquella cena se distinguía de las de otras noches. Entonces daba el padre una instrucción sobre el sentido de la solemnidad pascual y el significado de los manjares. Era la pascua («porque Dios pasó de largo las casas de nuestros padres en Egipto, preservando la vida de nuestros primogénitos»), el pan sin levadura («porque fueron liberados y salieron tan rápidamente, que su masa de pan no fue fermentada») y las hierbas amargas («porque los egipcios habían amargado la vida a nuestros padres en Egipto»). Tras estas palabras se cantaba la primera parte del himno (Sal 113 y 114). Se terminaba con el himno pascual diciendo: «Al salir Israel de Egipto, la casa de Jacob se libró de un pueblo extraño. Entonces se bebía la segunda copa que simbolizaba la vida y la libertad. Acto seguido el padre de familia tomaba pan sin levadura y pronunciaba sobre él la acción de gracias: «Bendito seas Dios nuestro, rey del mundo, que haces brotar pan de la tierra.» Luego partía el pan en pedazos y lo daba a los comensales, que lo comían con hierbas amargas y más jugo de uvas. Y al final  se comía el cordero pascual.
 
I. Jesús, mi Mesa de Vida. (Lucas 22:13-16).
La mesa de la cena de la Pascua no tenía nada especial, los elementos usados eran simples. Pan, Jugo de uvas (Vino Nuevo), hierbas, amargas y Cordero. Sin embargo, al seguir el relato de la Última cena de Jesús con sus discípulos dos de estos cuatro elementos no se mencionan sobre la mesa, la cual sin embargo no esta incompleta. En esta mesa no hay ni hierbas amargas, ni cordero. Los discípulos no lo comerían esa noche, pero los beneficios de estos dos elementos ausentes en la mesa fueron manifiestos por Jesucristo en su sufrimiento y sacrificio. Las hierbas amargas recordaban los tiempos amargos de la esclavitud del pueblo de Dios. Cristo lleva sobre si mismo toda la amargura que la esclavitud del pecado acarrea sobre su pueblo y le otorga alivio, consuelo y esperanza; la amargura del pecado lo cargo sobre si mismo en todo el sufrimiento y la tortura que fue infligida sobre su cuerpo. En esta mesa no había cordero sacrificado para ser comido, pero nuestro Señor Jesús “El Cordero de Dios que quita el pecado del Mundo” estaba listo para ser sacrificado y su cuerpo partido por nosotros sus discípulos. ¿Cristo quita de tu mesa (vida) amargura y sacrificio y lo carga sobre si mismo, que produce en tu vida, pensamiento y sentimiento el saber que Jesús se entrego por ti?

II. Jesús, mi Pan de Vida. (Lucas 22:19).
La Palabra nos da una referencia directa a Jesús como nuestro Pan de vida (Juan 6:47-51). Él es el Pan vivo que bajo de los cielos por nuestra salvación. Y su cuerpo fue partido por nosotros: por el látigo de puntas de escorpión que rasgan en 39 ocasiones su piel y carne hasta los huesos. Por las espinas que son forzadas a entrar bajo la piel de su cuero cabelludo y su frente hasta quedar encarnadas, por los clavos que perforan la carne y aun los huesos de sus manos y pies y por la lanza que perforó su costado para asegurarse que estaba realmente muerto; muerto por la paga de tu pecado y del mio. Pero no es una cena fúnebre, no es café negro y tristeza, es verdadero alimento que da vida. Porque a su muerte le sigue su resurrección. Es un anuncio de vida, nueva, abundante, plena y sobre todo Eterna. Jesús es tu pan de vida, aliméntate de él y de su Palabra. ¿Qué acciones cotidianas debemos tomar para sabernos alimentados por nuestro pan de vida? ¿Cómo este alimento nos fortalece y prepara para las luchas cotidianas contra los ataques del enemigo?

III. Jesús, mi Copa de Vida. (Lucas 22:17-18, 20).
La copa esta llena de vino nuevo, o jugo fruto de la vid, símbolo y representación de su sangre derramada para limpiar o expiar nuestra culpa y su paga que es la muerte (Romanos 6:23), y el pasaje nos indica que debe ser repartida entre nosotros, porque por nosotros se derrama. Después de cada golpe, de cada latigazo, por cada espina, por cada clavo y cuando su costado fue perforado. Litros de esta preciosa sangre se derramaron, en algunas heridas a borbotones y en otras gota a gota, haciendo lenta la agonía y alargando el tiempo de la muerte. Jesús muere en la cruz, la muerte más violenta, denigrante y vergonzosa de la época; muerte que él no merecía, pero que tomando nuestro lugar asume por nosotros, dándonos vida en y por su sangre. ¿Si la sangre de Cristo te ha limpiado de todo pecado, que acciones debemos tomar para conservarnos en tal limpieza? ¿Qué nos enseña sobre la gracia de Dios en Cristo esta cena del Señor para sus discípulos?

La Pascua, pan y Jugo de uva puestos sobre la mesa se tornaron en una cena que satisface, a todo hambriento, a todo sediento, cansado y debilitado; verdadero alimento que nutre, pero sobre todo que salva por gracia, pasando por alto nuestro pecado y colocando el pago del mismo (muerte) sobre nuestro salvador, este es Jesús. Mi mesa, mi pan y mi copa de salvación

Para terminar: Oremos. Dando gracias al Padre y al Hijo por habernos incluido en su plan eterno de salvación, por hacernos participes de su Gracia, por medio de la obra del espíritu Santo en nuestra vida. Pero roguemos también por que nos envíe, cual apóstoles, a compartir las enseñanzas de esta Gracia, a aquellos que han de ser también invitados a esta mesa.